Noticias Fisco - Hereditarias

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Este artículo se puede resumir en una frase: “A doble defunción, impuesto simple”.


Les voy a contar un caso real de hace muchos años.


Un día llegó a mi despacho una persona de sesenta y tantos, comentando: “Soy el pequeño de nueve hermanos. Mi padre acaba de morir. Deseo impugnar su testamento pero no me encuentro bien…”.


Comencé (con algo de recelo), la siguiente conversación:


-¿Y todos sus hermanos viven?


-Más o menos. Vivir, viven todos. Pero, últimamente, es que no salimos de visitar a uno en el Hospital, cuando ingresa otro.


-¿Y Vd. tiene hijos?


-Sí señor. Tengo SIETE hijos.


-Y sus hermanos ¿Tienen hijos?


-Veamos: Mi hermano mayor tiene seis hijos, quince nietos; el segundo, siete hijos; el tercero, si no recuerdo mal, tiene nueve…


Interponer un juicio ordinario de impugnación de testamento con nueve hermanos implicados y la lógica intervención de nueve abogados, planteaba “a priori” un horizonte procesal de al menos 8 años de duración, desde la primera instancia hasta el Supremo, y ello siendo muy optimistas.


Desde el primer momento, era previsible que alguno de los hermanos de mi cliente fallecería a lo largo del procedimiento, debido a la avanzada edad de los mismos, lo que llevaría consigo “algunas” sucesiones procesales que alargarían el plazo de tramitación inicialmente previsto, considerando además que, en cada sucesión procesal, por cada hermano-heredero que desaparecía, se personarían de media unos cinco herederos, con al menos tres abogados…aparentaba que sería largo.


Iniciado el juicio, se cumplieron tales previsiones. Incluso, un año que la gripe “vino fuerte”, en un solo mes, tres partes se convirtieron en doce.


Y los cambios no fueron “limpios” pues una sola persona podía ser sustituida por cinco herederos, quienes, a su vez, y por estar peleados entre ellos (ventilándose sus propias cuestiones hereditarias en un proceso diferente), se personaban mediante tres o cuatro abogados diferentes.


No les causará ninguna extrañeza si les comento que mi juicio duró 18 años. Digo “mi juicio” porque el pleito duró más. Un buen día, mi cliente falleció y alguno de sus hijos me mantuvo en la defensa de sus intereses, algún tiempo más, pero no así sus nietos… pues alguno de ellos decidió impugnar el testamento de su padre y, por cuestiones deontológicas, no pude defender a ninguno.


La situación descrita es a lo que se llama una doble o triple defunción. Cuando alguien fallece sin llegar a aceptar la herencia y el heredero final es heredero del heredero intermedio.


Es un caso más común de lo que parece. Por ejemplo, tiene lugar cuando un matrimonio (sin hijos comunes pero con hijos de uno solo de ellos) sufre un accidente de tráfico. Ninguno de los cónyuges fallece en el acto. Traslados al Hospital, donde se intenta curarles de sus gravísimas heridas, posteriormente fallecen con algunos días y, en ocasiones, meses de diferencia.


Siguiendo el anterior ejemplo, si la esposa fallece antes habiendo testado a favor de su marido como heredero universal y, a los pocos días, también fallece el esposo, los hijos de éste heredan a su padre pero también heredan lo que el padre tendría que haber heredado de su esposa, pese a que no le dio tiempo a aceptar esa herencia.


A esta situación se le denomina “premoriencia”, desde el punto de vista jurídico.


A efectos fiscales, y hasta hace muy poco, se consideraba que existía una doble transmisión de la esposa a su marido y de éste a sus hijos y, por lo tanto, un doble impuesto.


Pero en contra de ese principio largamente admitido, el Tribunal Supremo recientemente ha cambiado de criterio, aclarando que, para poder transmitir un derecho y cobrar impuesto por la transmisión, debe existir un acto formal de incorporación al propio patrimonio, que no se da cuando no se ha producido la aceptación de la herencia.


Si no se ha producido una aceptación intermedia, la transmisión es única y directa desde el causante inicial al heredero final, con independencia de cuantos herederos intermedios existan.


El Tribunal Supremo considera que lo realmente transmitido es el derecho de aceptar o repudiar la herencia, no la herencia en sí.


Por otro lado, solamente se puede transmitir aquello que se tiene y, por tanto, si no llegó a adquirirse mediante la aceptación de la herencia, no llega a nacer el hecho imponible del Impuesto sobre Sucesiones y Donaciones.


Si algún lector se encuentra en la situación descrita en este artículo y quiere evitar que su Comunidad Autónoma (Hacienda) pretenda cobrar aquello a lo que no tiene derecho por hacer caso omiso a la novedosa interpretación de la Ley que hace esta sentencia del Tribunal Supremo (Hacienda tarda en aplicar todo lo que beneficia al contribuyente en detrimento suyo), quedo a su disposición como Abogado Especialista en Derecho de Sucesiones, incluyendo las obligaciones tributarias derivadas de cualquier herencia.


Manuel de Cristóbal López.

Abogado

(Tfno. 91.532.73.90)

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