El valor de los sentimientos

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Robert ha estado obsesionado con la perfección de las máquinas durante la mitad de su vida, solía decir que los humanos tendríamos que ser más como ellas, que los sentimientos se interponen con la razón y por eso fallábamos en nuestros propósitos. Cuando era niño vio a su padre caer en desgracia, en su tiempo fue un gran científico. La madre de Robert murió años después de su nacimiento y desde entonces, el hombre que conocía como su padre, se derrumbó y perdió todo por lo que había luchado. Siempre triste, borracho y gastando el dinero en el juego. Robert se juró triunfar y jamás parecerse a esa sombra de hombre. Para eso, Robert consiguió que unos pocos científicos le apoyaran en su investigación. Quería conseguir educar a los niños desde pequeños para librarse de ese mal. Ahora aquellos niños son adolescentes y no sienten absolutamente nada, son máquinas en cuerpo y alma. Pero no todo era tan perfecto.


-Julius, te ha seguido alguien?


-No. Pero Aiko, no podemos seguir así.


-No podemos decir que sentimos, nos mandaran a rehabilitación y nuestras mentes simplemente se convertirán en papilla.


Algunos de los chicos seguían sintiendo, aunque al principio eran pocos. Un día Robert los descubrió y les sentenció a la rehabilitación, convirtiendo así sus mentes en nada más que un órgano sin vida, solo sus cuerpos quedaron presentes. Robert comenzó a volverse loco por el hecho de que su experimento no era del todo fiable y él, al fin y al cabo, no era un asesino, por lo que siguió experimentando con el objetivo de solucionar cada pequeño detalle.


Pasaron 15 años, Robert se casó y tenía una preciosa hija de 6 años. Ellas le enseñaron que tener sentimientos no era tan malo como creía. Gracias a ellas, decidió que era mejor tener máquinas con sentimientos que personas sin ellos.


Diario de Robert Semion:


23 de Noviembre de 2123


Mi dulce mujer, Liria, entró por la puerta de mi despacho acompañada de nuestro pequeño tesoro, Catherine, ahora con 10 años de edad. Liria me miró con esa cara que demostraba cada vez que me veía trabajando hasta tarde. Pero ahora no podía parar, estaba a punto de conseguirlo. Héctor, mi experimento, avanzaba cada vez más rápido identificando las emociones.


14 de Diciembre de 2123


La pequeña Catherine se unió a mis saltos de alegría, por fin Héctor era capaz de sentir. Sentía cada cosa que le enseñara, no era perfecto pero era el mayor avance que había conseguido. Era tan inmensa mi alegría que no pude hacer más que saltar.


Con el tiempo Héctor fue sintiendo cada vez más emociones y fue un fiel amigo para la pequeña Catherine, ahora no tan pequeña. Robert al comprobar que su experimento, ahora amigo, había ido tan bien decidió continuar con su investigación y construir más androides. Después de Héctor le siguieron Stefan, Nicolai y la única hembra Laira. Y cada uno de ellos fueron tan perfectos como Héctor.


Robert y Liria ya tenían 60 años y Catherine 26. Nicolai y Laira, gracias a que Robert les dio sentimientos, se casaron y por el momento eran muy felices a pesar de no ser biológicamente humanos. Pero eso nadie lo podía saber a simple vista dado lo parecían. Stefan se convirtió en el mejor abogado del condado. Héctor siguió con la familia, pero su amistad con Catherine fue aumentando hasta un punto que Robert no pudo imaginar jamás. Hasta que un día...


-¿Papa? –dijo Catherine.


-¿Qué ocurre, florecilla?



-Me gustaría decirte algo... Quiero casarme con Héctor


-¿¡Que!?


-Danos tu bendición. padre –dijo Héctor.


Después de dos años, Héctor y la hija del científico, se hubieron casado y adoptado a un niño, al que llamaron Robert, en honor a su padre y creador de Héctor.



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Jacqueline Pérez

1 Comentarios

1

Muy bien, que la juventud trabaje con la cultura.

escrito por Manper 09/feb/19    17:06

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